Texto: Daniel Torres Navarro
Ilustraciones: Rodolfo Torres Rabello


- ¡Hola jóvenes! Mi nombre común es ‘elefante marino del sur’ y se debe a que los machos poseemos un abultamiento en la nariz, que semeja una trompa, y el apelativo ”del sur” se debe a que, en el Hemisferio Norte, vive un pariente muy parecido a mí, llamado ‘elefante marino del norte’ y científicamente denominado Mirounga angustirostris. Se llama así porque posee el rostro más delgado que el mío. Así nos diferenciamos.

Pero hoy yo quiero hablarles sobre mi familia y de mi, naturalmente. 

Muchos años atrás mis familiares habitaban el archipiélago de Juan Fernández, lugar desde donde un antiguo navegante, Lord Anson, recolectó en 1744 el cráneo de uno de los míos y se lo entregó al sabio sueco Carlos Linneo, quien me dio el nombre de Phoca leonina en 1758, que luego se transformó en Mirounga leonina. El asunto es que, de los miles de congéneres que vivían allí, hoy sólo queda el recuerdo, ya que los cazadores arrasaron con todos mis parientes hasta exterminarlos.
También habitaban el litoral de Chile central hasta el extremo sur, lugares en los que también mis antepasados corrieron la misma suerte.

Actualmente, uno que otro pariente, con cierta timidez, se está aventurando a habitar algunos sectores de la zona sur de nuestro país, específicamente en la zona de los canales de la XII Región. Claro que también algunos de los míos se han aventurado en las playas de litoral central (y han salido en los diarios, con fotografías y todo) e incluso un macho joven llegó hasta isla de Pascua.

Mi mayor población actual se encuentra en varias islas subantárticas de Chile, como en las islas Shetland del Sur; también habitamos en las islas Georgia del Sur, en las islas Malvinas, frente a Argentina; islas Kerguelen y Heard y en otras islas subantárticas cerca de Nueva Zelandia. También vivo en algunas colonias ubicadas en Argentina, como por ejemplo en Puerto Madryn, en donde las autoridades nos han establecido un Parque Nacional Marino para que podamos vivir en paz y podamos reproducirnos y recolonizar nuestros antiguos ambientes. Lindo gesto, ¿verdad?

¡Ah!, y a propósito de esto, quiero contarles cómo somos nosotros, cómo pololeamos, cómo nos unimos y cómo nacen nuestras crías. ¿Les parece bien?

Bueno, nosotros los machos (... con el perdón de las damas, debo decir que nosotros somos muy “machistas” y así la cosa funciona muuuy bien, como lo van a ver … o leer, mejor dicho). Decía que nosotros los machos somos individuos muy corpulentos, que alcanzamos fácilmente los 6 ó 7 metros de longitud, con un peso superior a los 4.000 kg. Esta corpulencia nos permite sostener interesantes y cansadores combates entre machos adultos por mantener un territorio determinado, en el cual podamos acoger el mayor número de hembras posibles (¡Ejem!). Pero este tema lo trataré más adelante. 

Las hembras de nuestra especie, si bien es cierto son muy gorditas, no alcanzan la corpulencia de nosotros los machos. Ellas pueden alcanzar los tres metros de longitud y un peso que puede llegar hasta los 1.000 kg. 

Así pues, nosotros somos los representantes más grandes del grupo de las focas. De allí también la denominación de ‘foca elefante’, con la que se nos conoce. Nuestro pelaje es de color café cremoso a marrón oscuro cuando somos adultos, ya que al nacer lucimos un hermoso pelaje negro, el que cambiamos totalmente a los 34 días de vida. Luego, realizamos mudas periódicas… Naturalmente, debemos cambiarnos de traje, especialmente antes de enamorarnos … debemos estar bien presentados ¿no les parece?

Bueno, cuando alcanzamos la madurez sexual comienzan nuestros problemas, especialmente entre los machos. Nosotros maduramos sexualmente a los 5 años, como promedio; pero recién a los 7 años somos capaces de obtener territorios y harenes. Las hembras maduran mucho antes que nosotros, ya que lo hacen a los 3 ó 4 años, hecho que favorece el aumento de la población, considerando que tenemos una vida máxima de 20 años en ambos sexos.

Ahora les contaré cómo es nuestra conducta en la reproducción, hecho muy importante de conocer y comunicar, para hacer conciencia de que es necesario estudiarnos más, protegernos más para que podamos dar lo que ustedes, los hombres, esperan de nosotros.

Una vez que los machos alcanzamos la fortaleza que nos permite luchar con otros ejemplares para tener éxito con las hembras, llegamos de nuestra migración pelágica a las islas o sectores costeros, lo que ocurre durante los meses de septiembre a noviembre. Allí, aisladamente, cada uno procede a ocupar un sector de la costa y no lo abandonamos hasta el final del período de reproducción.

En esos lugares, cada macho (ubicado entre 23 y 30 metros uno de otro) esperamos pacientemente que empiecen a llegar las primeras hembras, con las que comenzamos a formar nuestro harem. Las hembras llegan preñadas y a punto de parir, hecho trascendental que ocurre a los pocos días de su llegada.

El macho dueño de un "harem" (como yo, naturalmente) cuida su territorio y a toda aquella hembra que haya llegado a él y espera pacientemente que las hembras comiencen a parir. El recién nacido mide casi 1.30 metros y pesa alrededor de 46 kg.

Aquí comienza una parte importantísima en la relación madre-hijo ya que es el momento en el que se produce la identificación mutua, tanto por olfato como por las vocalizaciones, hecho muy importante para el posterior reconocimiento. Luego las hembras paridas de mi harem comienzan a ubicarse en decúbito lateral (vulgo “de lado”) para que el cachorro empiece la tarea de ubicar las mamas para alimentarse, lo que le resulta bastante difícil; pero luego aprende y con gran facilidad continúa con su alimentación, la que dura cerca de 25 días. Los cachorritos maman con tanta dedicación que la leche llega a chorrear por la comisura de sus boquitas.

Cuando ya han pasado alrededor de 18 ó 20 días después del parto, las hembras aceptan mis requerimientos amorosos. Me uno a cada una de ellas y las fecundo, de modo que se forma un huevo (¡no como el de las aves!…aclaro este punto, para que no vayan a pensar que soy gallina!!!), el cuál permanece sin anidarse, es decir, sin implantarse en la mucosa del útero, hasta que se haya producido el destete del cachorro recién nacido. Esto se llama “implantación tardía” y es característico en todos los pinípedos.

Naturalmente, todas las hembras de mi harem quedan preñadas para la próxima temporada … claro que yo no tengo la seguridad de que esas mismas hembras lleguen nuevamente a mi territorio el año próximo, por lo que mis hijos nacerán, probablemente, en un harem de otro macho. Pero no importa; lo interesante es que he sido capaz de mantener un territorio y un harem y, al haber fecundado a mis hembras, he transmitido mis características de agresividad y fortaleza a mis descendientes. Esto asegura el éxito de mi especie para el futuro.

Pero, dentro de toda este hermoso acontecer, hay situaciones que no son agradables y que en las poblaciones naturales como la mía son muy frecuentes. Debido al hacinamiento de ejemplares en mi harem, muchos de los cachorros nacidos van a morir aplastados, especialmente cuando llegan otros machos a invadir mi territorio. Inevitablemente los tengo que echar de allí y para ello tengo que luchar con ellos. 

En otras oportunidades, sucede que después del parto algunas de las hembras están tan agotadas que se duermen, quedando el cachorro casi sin cuidado. Esa oportunidad la aprovechan las gaviotas y otras aves que, además de comerse la placenta, atacan a los cachorros arrancándoles los ojos y picándoles el cordón umbilical, con lo cual llegan a las vísceras y así depredan a la cría. Esto, que parece tan terrible y tétrico (desde el punto de vista de ustedes, los humanos) es algo muy natural en nuestro medio y permite, en alguna medida, regular el tamaño de la población. La naturaleza es así.

Bueno, una vez finalizado el período de reproducción, las hembras van abandonando poco a poco mi harem. Yo ya no me opongo porque he cumplido con mi objetivo… Claro que, a decir verdad, he quedado tan débil y tan agotado que, muchas veces, sólo me queda la piel forrando mis huesos… y debo salir al mar a alimentarme para quedar en buena forma para la próxima temporada. ¡Las cosas que tengo que hacer para perpetuar mi especie!

Fíjense que muchos machos quedan en tan malas condiciones físicas, después del período de reproducción que, o mueren en la playa o sucumben el mar. Y eso es bueno, porque queda el lugar para que sea ocupado por otro macho que sea capaz de obtener un territorio para establecer y defender su harem. Este es un mecanismo natural para renovar los reproductores. Algún día me llegará el final … pero mis descendientes continuarán con el proceso, transmitiendo a sus crías las características más adecuadas para el éxito de la población.

Cuando ya me encuentro en el mar, me dedico a la búsqueda de mi alimento que consiste fundamentalmente de peces y moluscos cefalópodos (pulpos y calamares) que capturo en el fondo del mar, ya sea cerca o lejos de la costa. Yo les cuento esto porque es interesante que ustedes sepan de dónde obtengo tanta energía para hacer todas las cosas que hago … y que ustedes los humanos, no son capaces de hacer (claro, porque hasta donde yo sé, ustedes no forman harenes, ¿verdad?). Los científicos que nos han estudiado han aprendido mucho acerca de nosotros y también saben de qué nos alimentamos puesto que, al analizar el contenido estomacal de muchos de mis parientes, a los cuales les han hecho un lavado de estómago, han encontrado restos de peces diversos (huesos de la cabeza, otolitos, etc.) y de moluscos cefalópodos (mandíbulas o “picos de loro”). Así, mediante el estudio de esos restos, han sido capaces de identificar cada especie de las que me alimento.
¡Ah!, mis jóvenes amigos, a propósito de alimento, yo presento ante ustedes, mi más enérgica protesta por lo que algunos humanos nos están haciendo. Les voy a explicar: Resulta que desde que comenzaron a operar los buques factorías en las aguas del océano Austral, para aprovechar al máximo todas las ballenas que cazaban por allá por los años 1900 hasta 1930, los humanos se dieron cuenta de que podían utilizar buques similares para procesar otros animales que viven en mi ambiente. Por ejemplo, empezaron a utilizar el krill que quedó como consecuencia de la cuasi extinción de las ballenas. Como ustedes saben, ahora protegen las ballenas, no las cazan … pero igual podrían matarlas de hambre si llegaran a extraer en forma desmedida el krill. 
Ustedes pueden pensar que estoy exagerando, pero resulta que nosotros los elefantes marinos hemos vivido experiencias terribles, porque por esos mismos años, y desde antes incluso, muchos de nuestros ejemplares comenzaron a ser explotados a más no poder; tanto así, que la comunidad internacional tuvo que darnos protección legal, como dicen ustedes, para que nos pudiéramos recuperar: PERO, resulta que los humanos descubrieron que en las aguas antárticas había una gran cantidad de peces y comenzaron a explotarlos casi sin medida. ¿Y qué ha sucedido? Pues, resulta que las poblaciones de peces comenzaron a disminuir de tal manera que los hombres han debido establecer vedas, suspender la pesca, porque ya casi no quedaban peces. Y … ¿de qué nos alimentaríamos nosotros los pobres elefantes marinos? ¿Se dan cuenta? ¿Saben ustedes que nos han arrebatado miles de toneladas de peces desde las costas de las islas subantárticas? ¿De qué se van a alimentar mis hembritas, de las cuales dependen mis crías?. Actualmente no nos cazan, pero igual nos están causando problemas, ya que casi no tenemos peces de qué alimentarnos … y tomen nota que yo también soy una especie protegida!  Por eso debe ser que actualmente (¡al comienzo del siglo XXI!) diversas poblaciones de mis congéneres están declinando.Pero, para ser justo, debo decirles que no han sido los hombres de Chile los que han hecho estas acciones tan criticables, sino que fueron personas de otras naciones. Afortunadamente, hay muchos científicos que están investigando sin desmayo para protestar con mucha base y tratar de detener estas acciones.

Ustedes en Chile tienen investigadores en peces y mamíferos marinos antárticos que, con su entusiasmo, pasan más en la Antártica que en sus casas. Y todo para saber más, para entregarles como herencia a ustedes, mis jóvenes amigos, un conocimiento más completo y profundo que les permita actuar con sabiduría en el futuro. Y, naturalmente, eso nos conviene mucho a nosotros los elefantes marinos, ¿no les parece?

Yo creo que les he contado muchas cosas y tengo muchas otras que quisiera relatarles. Sin embargo, debo terminar porque hay otros familiares y parientes míos que también quieren contarles algo de sus vidas y es justo que les dejemos expresarse, ¿cierto?

Bueno no quiero despedirme sin antes decirles que yo reconozco que soy un recurso natural renovable y que, en el futuro, puedo proporcionarles productos y sub-productos (pieles, cueros, carne, grasa, abonos, etc.) para vuestro progreso y bienestar; pero también es importante que ustedes sepan y reconozcan que, si no me protegen y me estudian para saber cómo, cuándo y dónde manejar mis poblaciones, puede llegar el día en que pierdan un recurso muy valioso.

Todo lo que deben hacer es estudiar siempre y prepararse para el futuro. Llegado el momento ustedes serán responsables de manejar en la mejor forma posible los recursos naturales renovables del país. Probablemente un día no muy lejano alguno de ustedes me conocerá personalmente. Espero encontrarme con ustedes en otra oportunidad, en este mismo sitio, para presentarles otro miembro del grupo de los mamíferos marinos. Será hasta entonces. Y, ¡no me olviden!